Jueves, 16 de Abril de 2026
Abril 15, 2026 > Sin Medias Tintas

Lo que nadie ve

Por Omar Ali Lopez

Desde hace años el ferrocarril que se dirige a la frontera con EE. UU. se detiene en las afueras de Estación Torres, en La Colorada, a unos cuantos kilómetros de Hermosillo. Es una parada no programada que el amenazado maquinista está obligado a hacer, so pena de ver afectada la vida de sus familiares.

 

En el breve lapso que dura la detención de La Bestia, varias personas abren un contenedor previamente identificado, y de ahí sacarán o meterán algo haciendo espacio entre las cajas de los diversos productos que se transportan. En el proceso dejarán al lado de las vías gran cantidad de cajas de televisores planos nuevos, de cigarrillos sin abrir o de herramientas aún con etiquetas.

 

Otro grupo inspecciona por el exterior y con cuidado otros vagones en búsqueda de los infaltables migrantes. Tan pronto como detectan alguno, amablemente lo invitan a pasar a los últimos vagones o los mantienen a raya para que no puedan observar lo que sucede más adelante.

 

Terminado el proceso y tras las señales convenidas, el tren inicia de nuevo su marcha con la misma lentitud con que se detuvo a las afueras de la comunidad. Varios vehículos se desplazan a toda prisa por los senderos y se pierden en la nada tras una nube de polvo fino del desierto.

 

Toda la operación llevó casi 25 minutos.

 

Después de una o dos horas, comienzan a aparecerse otros vehículos. La noticia viajó de puerta en puerta entre los 136 habitantes de la comunidad. Hay mercancía disponible.

 

Como la marabunta, se aprestan a recoger lo que haya quedado disperso al lado de las vías. Con la misma rapidez, la gente comienza a llenar camiones, carretillas, cajuelas, cajas de pick up, y hasta contenedores hechizos en bicicletas, con la mercancía abandonada.

 

La operación de limpieza tarda casi 30 minutos. Salen camiones rebosantes de paquetes de cigarros y otros tantos con pantallas planas. Su destino es la comunidad de Estación Torres.

Los menos afortunados, es decir, los que se enteraron tarde, corren y hacen lo posible por alcanzar algo. Pero ya no hay nada; el espacio queda tan limpio como si nunca hubiese ocurrido nada.

 

Pasadas las cinco horas, la pequeña comunidad se sorprende de la gran cantidad de vehículos del ejército mexicano que pasan a toda velocidad por las calles. Incluso pasan a metros de las entradas improvisadas de donde entran y salen camiones donde se ordeñan los ductos de Pemex; pero ahí no se detienen.

 

Nadie supo en qué terminó el desfile de vehículos.

 

Todos en Estación Torres saben perfectamente lo que ocurre cada vez que el tren se detiene. Lo saben los que llenan las camionetas, los que se quedan mirando desde la puerta, y casi con certeza los que visten uniforme. La diferencia es que unos llegan a tiempo y otros, invariablemente, no.

 

Se sabe, asimismo, de dónde salen las pipas cargadas con combustible, incluso se conoce el horario de atención que algunas casas dan para la venta del mismo; pero, de

 igual manera, el pacto no escrito de silencio se reafirmará en las tardes noches siguientes viendo alguna serie en la nueva televisión y fumando cigarrillos.