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Partidos y gobierno

Por Francisco Rodríguez* Antes como antes y ahora como ahora

Ante la proximidad de la postulación de candidatos al Congreso de la Unión, senadores y diputados federales, los partidos políticos tienen ante sí una tarea de suma importancia, ya que la crisis que padece el Poder Legislativo en México es de las más agudas de su historia. Y vaya que las ha tenido, cada una en circunstancias políticas muy distintas, sobre todo aquellas donde diputados y senadores han estado incondicionalmente al servicio del Presidente en turno.

Y si el "antes como antes y ahora como ahora" vale y se aplica en el quehacer político, debo señalar que las expectativas o reclamos de los mexicanos actuales exigen abiertamente un Poder Legislativo eficiente, con representantes genuinos, que actúen con sentido común y con oportunidad para cumplir al menos con sus obligaciones constitucionales. Como se ve, no es mucho lo que esperan los ciudadanos porque saben de la arraigada incapacidad de sus diputados y senadores, de todos los partidos, para lograr acuerdos y pactar en aquellos que convenga al interés nacional.

Es innegable que los testarudos desacuerdos políticos no solo postergan el desarrollo en detrimento de la población, sino además fomentan, por su indolencia (la de los legisladores), todos los vicios que acompañan a un sistema tan desgastado como el nuestro. Ahí están la impunidad y la corrupción como botones de muestra. Estos vicios tienen su origen en la indolencia política, la cual es y ha sido el signo distintivo de nuestros gobernantes, desde que nos estrenamos como nación independiente.

De 1810 a la fecha solo han transcurrido 201 años. Como quiera podemos aguantar dos que tres siglos más en estas deplorables condiciones. Somos un pueblo resignado al constante desacuerdo. Primero entre ciudadanos y el gobierno y ahora, el de los legisladores y el gobierno. La novedad es que ahora somos una democracia, donde la opinión del pueblo vale tanto como antes, es decir absolutamente nada. Las ironías de siempre.

Analistas, comunicadores con opinión, intelectuales responsables y hasta los "cafetomanos", por lo general coinciden en que las frecuentes y despectivas expresiones del Presidente Felipe Calderón, dirigidas abiertamente a la oposición y con clara y agresiva dedicatoria a los priístas, que son, según su opinión, los culpables del pasado ignominioso al que no debe el país retornar, no son la única causa de la parálisis en lo relacionado con la Reforma de Estado, todas vez que hoy como hoy, y como nunca antes, los legisladores tienen el sartén por el mango y por lo tanto el poder suficiente para impulsarla.

Sea como sea, son evidentes las causas de la inacción y el crecimiento del descrédito de la política y los políticos ante los ciudadanos. En las razones del olvido del compromiso de la Reforma, destacan el pernicioso cálculo electoral de los legisladores, quienes siempre obstaculizan cualquier iniciativa por considerar que de aprobarse, la misma beneficiaría electoralmente a sus opositores. Desde luego la lucha contra el narcotráfico y el crimen organizado orientó el debate sobre su operación y en mucho contribuyó a que el legislativo se sirviera, con la cuchara grande, del estéril protagonismo.

Ahora como antes, solo que desde una trinchera distinta, la del PRI. Este partido hace lo mismo que hacía el PAN cuando el tricolor gobernó: el bloqueo a toda iniciativa que provenga del PAN porque de aprobarse, podría beneficiarlo electoralmente. Ese es el cálculo electoral de todos los partidos, no únicamente el PRI, que se ha vuelto el motor que los mueve. No creemos que se trate de una simple revancha, sino más bien de una estrategia basada en la inacción para que el PAN no luzca en el gobierno. Lo han conseguido, ahí están las encuestas que no permiten decir otra cosa. Esto que puede convertirse en una costumbre, vendría a corroborar que los partidos tienen una sola divisa: el poder, un poder que hasta hoy no puede.

La democracia se perfecciona en la medida que se constituye o se fortalece un sistema de partidos auténticos, de verdaderos militantes, simpatizantes o adherentes y no solo de dirigentes. En México vemos se corre el peligro de ser, en mediano plazo, un sistema de partidos de dirigentes, pero sin dirigidos. Dígame usted, apreciado lector ¿no vamos volando hacia allá?

La depresión colectiva no cede ante el comportamiento de la actual legislatura federal, y no solo en cuanto a la obstaculización de la modernización del Estado mexicano, sino por muchas otras razones, entre las que destaca el descuerdo (para variar) en el nombramiento de tres consejeros del IFE, donde ha quedado al descubierto como los partidos se adueñaron de una organización, tan importante para la democracia mexicana, que pretendió ser una autoridad ciudadana. En eso quedó como tantas cosas, en una bella ilusión.

Desde luego, además de postular candidatos que garanticen el triunfo en los estados (32) y en los distritos electorales federales (300), a los dirigentes o a quienes deciden los que entran, mucho les preocupa el grado de lealtad de los ungidos. Todos han sufrido renuncias escandalosas a las bancadas parlamentarias. Renuncia de quienes ya en el cargo se decepcionan al percatarse de que la política sigue siendo un teatro donde los actores han de sujetarse estrictamente a lo que ordene el Director. También se van por otras razones que comprueba que, a la hora de cambiarse, lo más fácil es cambiar de chaqueta.

Mucho camino le falta por recorrer a nuestra democracia, y perturba el hecho de ver como otros países, incluso más pobres que México, han superado los escollos iniciales de sus avanzadas democracias. De esos escollos aun no podemos salir porque nuestras autoridades no han hecho la tarea, o en el mejor de los casos, la han hecho mal. Todos han incumplido, unos más, otros menos, no solo con sus compromisos discursivos, sino con los estatutos de sus partidos. Y qué decir del olvido a los preceptos constitucionales. Una breve lectura a dichos documentos haría apreciar la gran distancia que han propiciado entre partidos y democracia, entre dirigentes y militantes.

En esas condiciones, el candidato a la Presidencia de la República que triunfe, sea del partido que sea, debe contar como inicio, con una representación numerosa y digna, comprometida y coincidente, de diputados y senadores que apuntalen su política e iniciativas, bajo el entendido de que lo único que puede marcar la diferencia es la disposición a los pactos, el logro de los mismos, el respeto a los mismos, como única vía para sacar del lodoso atasco en que se encuentra el país.

Ese es el reto. Quien tenga otras intenciones demostrará que no conoce la realidad social que pisa.

¿En qué condiciones llegan los partidos a esta etapa crucial del proceso?

Es obvio que ninguno pasa por sus mejores momentos.

De esos les hablare mañana.