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Lunes, 25 de Setiembre de 2017
Abril 24, 2017 > Rastrillando

Juanito hoy no se llama así…

Por Mario Munguía

Él era un jovencito de 8 años de edad, vive en la San Juan, en un hogar (dos cuartos) hacinado por sus hermanas y sus hijos, y sus parejas que entran y salen, y no vuelven; un padre alcohólico y, una abuela que ya no está.

 

La abuela era el sustento de la “casa”, hacia tortillas de harina, “chicas y grandes”; y él, Juanito, le ayudaba a venderlas en el barrio de la Matanza y La San Juan; a veces, iba a Casa Blanca. Fue a la escuela, hasta cuarto grado, era el único que asistía a la escuela, sus hermanos y hermanas no, estaba pendiente de su abuela, estaba enferma de diabetes.

 

Un día, Juanito, de tan solo ocho años de edad, regresaba con el dinero de la venta del día, “bajaba” de la Matanza y, un grupo de malvivientes lo rodearon, le quitaron los pocos pesos que le llevaba a la abuela …fue golpeado y violado por no menos de cinco de los drogadictos adolescentes. Nadie ha sido juzgado por el delito.

 

Duro más de 10 días internado en el hospital. Lo dieron de alta pero ya no fue el mismo niño sonriente que llegaba a las casas del barrio ofreciendo las tortillas de la abuela. No volvió a la escuela.

 

Su padre se burlaba de él, sus hermanos y hermanas igual, aún se ríen cuando lo ven. Solo su abuela lo amaba, lo protegía, ella ya no está. Han pasado 13 años de aquel día, y 8 que su protectora murió.

 

Juanito ahora se llama Lucy, a veces dice llamarse Karla, cambia de nombre al ritmo que su vida se pierde en la oscuridad de las noches interminables. Deambula por el barrio pidiendo con su voz, aún de niño, un peso.  Pocos son los que le dirigen la palabra; muchos son los que lo ignoran y desprecian, como si fuera un perro sarnoso, ya no lo recuerdan como aquel niño que les ofrecía las tortillas de la abuela.

 

Su mundo ahora es una fantasía que solo él conoce y vive; sentado en la banqueta, bajo el incandescente sol platica con sus invitados, les ofrece un plato de comida, una copa de vino (esto lo aprendió en la casa de Emilio, donde es el arlequín que maquillan para deleite de los hombres y mujeres  en las noches de lujuria); la gente del barrio lo mira, se ríe, se burla del pobre “jotito”  le gritan, él los saluda con amabilidad, no los entiende, ni le preocupa.

 

De figura cadavérica, flaco, vestido con harapos femeninos –se cree mujer-, en su cara, restos del exagerado maquillaje que alguien le pinto la noche anterior. Ahora, su territorio se ha ampliado, viaja al centro de la ciudad, al mercado, en busca de “un peso”; en el barrio ya nadie le da.

 

La gente se ríe, se burla; el policía lo corre porque dice “da mal aspecto”. La gente lo ignora, no conocen su historia, de por qué termino así.

 

En el ministerio público no existe el expediente de su caso, nunca levantaron el reporte; en el hospital igual. Juanito nunca existió ayer, menos hoy. Hoy solo es el flaco travesti, drogadicto, “jotito”, un indigente más que ni en las estadísticas está contemplado.

 

En el mundo paralelo de los políticos, que también viven sus propias fantasías, no conocen la realidad de un pueblo que se desmorona, que se hunde  en el fango de la putrefacción mental, donde el hambre y la drogadicción son las armas silenciosas de la modernidad. Donde, en el discurso de la “anticorrupción” hacen gala de la demagogia que a veces pienso se la creen. Juanito es uno de los miles  de ese discurso que se pierde entre los intereses de los gobernantes.

 

Él no es el único, decenas de hombres y mujeres, jóvenes que un día dejaron su pueblo en busca del sueño americano, solo llegaron al norte de su país, México. Ellas y ellos son hoy indigentes que mueren alcoholizados, porque dicen “el mezcal (Costeño) les quita el hambre”.

 

Esta es la realidad de un país gobernado por la partidocracia. Cierto, no todo es así pero el problema crece día a día.

 

Pero mejor a’i se las dejo, para la reflexión…!!!SARAVAH!!!

 

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@mariomunguia8

 

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